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Qué fariseo: Rick Scott exige liberar presos en Venezuela mientras apoya la cacería y detención de venezolanos en Florida

Rick Scott, senador por Florida, vuelve a levantar la voz para pedir la liberación de presos políticos en Venezuela. En el papel, suena noble. Suena humano. Suena justo. Pero el problema empieza cuando ese mismo discurso se contrasta con lo que ocurre en su propio estado: en Florida, migrantes —incluidos venezolanos— han sido detenidos en el centro conocido como “Alligator Alcatraz”, una instalación estatal en los Everglades duramente cuestionada por denuncias de abusos, falta de acceso adecuado a abogados y condiciones inhumanas. Ese centro fue impulsado bajo la administración de Ron DeSantis, no por Rick Scott directamente, pero Scott sí ha respaldado una línea dura de mayor financiamiento para la aplicación de leyes migratorias.

Ahí es donde nace la acusación de hipocresía política. Porque una cosa es pedir libertad para presos a miles de millas de distancia, y otra muy distinta es guardar silencio —o apoyar el aparato político que sostiene la maquinaria de detención migratoria dentro de Florida— mientras venezolanos y otros migrantes terminan encerrados en condiciones que ya han provocado alarma pública y judicial. AP reportó esta semana denuncias de golpizas y uso de gas pimienta contra detenidos en “Alligator Alcatraz”, y medios en español también han documentado reclamos por represalias violentas, aislamiento y obstáculos para la defensa legal.

Scott sí ha participado en pronunciamientos a favor de la liberación de presos políticos en Venezuela. Por ejemplo, en febrero hubo una declaración bipartidista de senadores sobre la situación venezolana, y su oficina mantiene una línea pública agresiva contra los regímenes de Venezuela y Cuba.

Pero el punto político que muchos críticos plantean es este: no se puede exigir derechos humanos en Caracas mientras se tolera la deshumanización en la Florida. No se puede hablar de libertad en Venezuela mientras aquí se aplauden políticas que convierten a migrantes en trofeos electorales. Y no se puede vender indignación moral selectiva sin que la gente vea la contradicción.

La sospecha de fondo es electoral. En Florida, la política hacia Venezuela moviliza emociones, identidades y votos, especialmente dentro del electorado hispano antichavista. Pedir la liberación de presos en Venezuela genera capital político. Pero respaldar una línea dura contra migrantes dentro de Estados Unidos también rinde dividendos ante otro sector del electorado republicano. Esa combinación no parece accidental; parece cálculo. Como inferencia política, el mensaje sería: condena la represión afuera, mientras se normaliza la crueldad adentro.

En otras palabras: para ciertos políticos, el preso venezolano en Venezuela sirve para el discurso; el migrante venezolano en Florida sirve para la campaña. Uno se invoca para aparentar compasión. El otro se usa para sembrar miedo. Y cuando la dignidad humana se acomoda según la conveniencia electoral, ya no estamos ante principios. Estamos ante fariseísmo político.

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