Opinión

La nueva bipolaridad

El atlantismo gira en torno a la OTAN, donde convergen Estados Unidos y Canadá con los países europeos que en distintas etapas se han ido adhiriendo a dicha organización

Como nunca visto desde el fin la Guerra Fría, presenciamos la conformación de un mundo dividido en dos grandes esferas. Ello no sólo se plantea en términos geopolíticos sino que apunta también a una fractura en lo económico y lo tecnológico. Las esferas en cuestión son el atlantismo y el ámbito euroasiático. La primera tiene su núcleo primigeneo en los países que conforman la OTAN y, por extensión, en la red de alianzas de Estados Unidos en la región del Asia Pacífico. También Israel ha resultado un aliado histórico de Washington. La segunda esfera gira en torno al eje en vías de consolidación entre Rusia y China. Como componentes naturales de esta se encontrarían los miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái (con exclusión de India). La misma incluye a varios estados centro y sur asiáticos. También los integrantes de la Unión Euroasiática y del Tratado de Seguridad Colectiva, estrechamente vinculados a Rusia, estarían ahí. En el Asia Pacífico, países como Camboya o Myanmar caerían claramente dentro de una esfera de influencia china.

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El atlantismo gira en torno a la OTAN, donde convergen Estados Unidos y Canadá con los países europeos que en distintas etapas se han ido adhiriendo a dicha organización. En la última de dichas etapas, que tuvo lugar entre 1999 y 2009, se produjo la migración hacia ese ámbito de casi todos los países europeos que conformaron la antigua órbita soviética. Desde hace algunos años Ucrania y Georgia han ido fluyendo hacia ella y, a raiz de su guerra con Rusia, la primera es ya un cercano aliado a la OTAN. El esfuerzo occidental por ir absorbiendo bajo su ámbito económico y de seguridad colectiva a países que conformaban el viejo imperio soviético y que Rusia consideraba como parte natural de su esfera de influencia, coadyuvaron en importante medida a la fractura geopolítica en curso. Australia, Nueva Zelandia, Corea del Sur, Japón y Filipinas, mantienes tratados defensivos con Estados Unidos. Por extensión ello los emparenta de manera cercana a la OTAN. Diversos organismos multilaterales de defensa e inteligencia como el Quad, la Asociación de los Cinco Ojos o el AUKUS, integran a algunos de estos países. Dentro de este contexto, el parentesco cultural de los países anglo parlantes de América del Norte, Europa y Oceanía los unen en una alianza natural. Taiwán se configura como miembro lógico de esta esfera. Ello, a pesar de la ambigüedad de su status internacional y de no conformar un miembro reconocido de la comunidad de las naciones.

Diversos analistas visualizan el acercamiento Moscú-Pekín como una simple convergencia táctica. Ello desconoce la existencia de un proceso que se remonta a 1996 y que de manera poco espectacular pero constante ha ido dando forma a un eje. De hecho, la Doctrina Primakov (formulada por un importante Primer Ministro ruso en tiempos de Yeltsin) planteaba en los años noventa la necesidad de conformar esta alianza estratégica. La presencia de China en ella resulta determinante pues posibilita que muchos países del mundo en desarrollo fluyan en esa dirección. Al rechazo a un predominio unipolar y occidental se le sumaría así el factor de tracción representado por una potencia llamada a asumir la preeminencia económica global en pocos años. Ello atraería sin duda a los estados del África sub sahariana, así como a varios países de Asia y de América Latina.

La Doctrina Primakov visualizaba también a Irán y a India como componentes medulares de esta coalición entre Rusia y China. En el caso de Irán ello pareciera no admitir dudas. India, sin embargo, resulta un caso mucho más complejo. Su diferendo territorial con Pekín y el posicionamiento creciente de China en el Golfo de Bengala y en el Oceani Índico, han desatado una fuerte fricción entre ambos países. Como resultado de la misma, India se ha coaligado con Estados Unidos, Japón y Australia dentro del llamado Quad, que articula una política de contención a China. Sin embargo, su tradicional autonomía en materia de política exterior y su complementariedad económica con Rusia, hacen de Nueva Dehli un aliado precario y limitado geográficamente de Washington.

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También Israel, quien durante décadas ocupó un lugar de privilegio entre las alianzas de Washington, fluye hacia una autonomía de acción mucho mayor. Bajo la premisa de que todo enemigo de mi enemigo es mi amigo, Jerausalem se aproxima a Arabia Saudita y a varios emiratos del Golfo Pérsico enfrentados a Irán. Estos últimos, otrora también aliados cercanos de Washington, se mueven hacia la no alineación y la autonomía de acción, no queriendo alienar a China y disgustados con la ambivalencia estadounidense en relación a Teherán.

A la inversa, Corea del Norte jugador solitario por antonomasia, tantas veces criticado por Washington, Pekín y Moscú por igual, es ahora cortejado por estas dos últimas capitales. Todo pareciera indicar, en efecto, que Pionyang se movera hacia la órbita chino rusa.

En definitiva, como en la primera Guerra Fría entre Washington y Moscú, dos esferas claramente delimitadas se enfrentan ahora. Pero, al igual que en aquella confrontación, un grupo de países optan por la no alineación.

ALFREDO TORO HARDY – [email protected] 

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